Achille Mbembe, filósofo y teórico camerunés, nos lanza una provocación tan poderosa como incómoda en su libro Necropolítica (2003): ¿y si el poder contemporáneo no se definiera solo por su capacidad de administrar la vida, como sostuvo Michel Foucault, sino por su habilidad para decidir quién puede morir, cómo y cuándo? En lugar de proteger la vida, el Estado moderno —y sus múltiples extensiones— habría aprendido a gestionar la muerte, a seleccionarla, a usarla como estrategia, incluso a normalizarla. Esta es la inquietante tesis central del texto, que pone en evidencia cómo las dinámicas globales de violencia, racismo, exclusión y militarización no son desviaciones del sistema, sino expresiones estructurales de una lógica necropolítica. Mbembe parte del concepto foucaultiano de biopolítica —la idea de que el poder moderno se ejercita sobre cuerpos vivos, regulando la salud, la reproducción y la productividad— para llevarlo a su límite. En la necropolítica, el soberano no solo administra la vida: decide sobre la muerte, sobre los cuerpos sacrificables. Así, la soberanía no se expresa únicamente en el control de fronteras, en la vigilancia o en las políticas públicas, sino en la capacidad de condenar poblaciones enteras al abandono, la miseria, la violencia estructural o la desaparición silenciosa.
Este poder de matar no se manifiesta solamente a través de la guerra o el genocidio, sino mediante formas mucho más sutiles, pero igualmente letales: dejar morir por hambre, negar el acceso a salud, cerrar las puertas del asilo, militarizar territorios empobrecidos, mantener a comunidades enteras en condiciones de vida invivibles. Las cárceles, los campamentos de refugiados, las periferias urbanas y las fronteras son los nuevos laboratorios donde se ensaya esta forma de soberanía: una que no protege, sino que descarta. Lo escalofriante, para Mbembe, es que esta lógica no es nueva. Tiene sus raíces en la historia del colonialismo, de la esclavitud y del racismo. Durante siglos, el sistema colonial no solo explotó tierras y cuerpos, sino que instituyó una jerarquía radical de vidas. Algunos eran plenamente humanos, otros eran simplemente fuerza de trabajo o enemigos potenciales. Esa lógica sigue viva hoy, aunque mutada: en los migrantes criminalizados, en los cuerpos racializados asesinados por la policía, en los pobres tratados como amenazas, en los pueblos ocupados por ejércitos o por narcoestados con complicidad oficial. El aporte de Mbembe no se queda en la denuncia abstracta. Una de sus ideas más potentes es que el poder necropolítico no opera en el vacío, sino en cuerpos concretos, atravesados por historia, género, raza y clase. No es lo mismo morir en un barrio marginal de América Latina que en una ciudad europea, ni es igual la exposición a la violencia en una favela que en un condominio de lujo. El poder decide a quién se protege y a quién se entrega al olvido. Y esa decisión no es azarosa: responde a patrones históricos de despojo y deshumanización. Por eso, el libro también nos invita a revisar cómo la política contemporánea ha sido reducida a la gestión de vidas “útiles” y a la eliminación, silenciosa o directa, de las que sobran. El neoliberalismo, lejos de abolir la necropolítica, la ha perfeccionado. Lo hace bajo discursos de “seguridad”, “eficiencia”, “progreso”, que justifican la militarización de territorios, la represión de protestas, la criminalización de la pobreza o la desatención estructural del sufrimiento. Se naturaliza que ciertos cuerpos vivan sin derechos, sin atención, sin futuro. Se tolera que mueran. Se construye una moral de la indiferencia que acompaña este orden letal.
La pandemia del COVID-19, por ejemplo, mostró brutalmente estas jerarquías. Las comunidades racializadas, los trabajadores informales, los habitantes de barrios sin servicios básicos fueron los más expuestos a la enfermedad y los últimos en recibir protección. El acceso a vacunas, tratamientos y recursos reflejó una lógica geopolítica de desprecio y despojo. La necropolítica se volvió visible en los mapas de contagio, en los hospitales colapsados de las periferias, en los entierros anónimos de los marginados. Sin embargo, Necropolítica no es solo un diagnóstico devastador. Es también una invitación urgente a imaginar otra forma de poder: una política de la vida, una ética del cuidado, una justicia radical que no parta de la meritocracia ni del castigo, sino de la dignidad. Mbembe propone descolonizar nuestras formas de entender la soberanía, dejando atrás el modelo del amo que domina y aniquila, para dar paso a una lógica basada en la interdependencia, el respeto y la responsabilidad colectiva.
Esto implica cambiar no solo las instituciones, sino también las formas de mirar. En lugar de preguntarnos cómo mantener el “orden”, deberíamos cuestionar a quiénes ese orden sacrifica. En vez de celebrar la “seguridad”, deberíamos interrogar a quiénes deja expuestos a la muerte cotidiana. El pensamiento de Mbembe nos confronta con nuestra complicidad pasiva: con cada vida que aceptamos como prescindible, con cada cuerpo que ignoramos porque no es como el nuestro, con cada territorio que olvidamos porque no nos afecta directamente.
Necropolítica es, en definitiva, un grito filosófico que nos recuerda lo que está en juego en el mundo actual: no solo derechos, sino vidas. No solo democracia, sino humanidad. Y no hay neutralidad posible ante esa realidad. O se actúa por la vida, o se deja hacer a la muerte.
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